CITA EN LA HOGUERA

El último haz de leña fue cuidadosamente depositado a los pies de la condenada. Finalmente, el ejecutor subió a una escalera hasta su altura y con rápidos movimientos de brocha la embadurnó con brea de pies a cintura. Se veía que trataba de hacerlo de la forma más expedita posible, evitando así un contacto prolongado con la que había pactado con el Diablo.

Las ramas que alimentarían la hoguera habían sido recolectadas bajo estrictas especificaciones del Juez inquisidor y debían ser hasta la última brizna, bien secas y finas, no quería en los manojos nada verde o húmedo que produjeran humo y sofocara a la condenada, evitando que esta diera así su alma al diablo por asfixia mucho antes que las llamas devoraran la carne. Era una penitente relapsa y pagaría como tal.

La muchedumbre, entre imprecaciones y risas, la interpelaba con preguntas groseras y reclamos lascivos, necesitaban algo que les animara el espectáculo y diera inspiración para más y mejores irreverencias, pero la bruja solo miraba a un horizonte inexistente al otro extremo de la plaza de Zocodover, con cara impasible, quizás nostalgia. Uno de entre la chusma señalo un cuervo enorme, espectador también, posado sobre el busto de un guerrero, tiempo ha olvidado y gritó:

-¡Mirad al bicharraco! ¡Quiere su cena caliente y bien cocida!

La explosión de carcajadas fue tal que hizo volar de allí a no menos de un centenar de palomas asustadas, pero el ave negra solo graznó y miró ávidamente a la mujer amarrada al poste.

Al descubierto y retador, un seno impecable emergía del rojo Sambenito; se veía que el ultimo usuario del raído y ensangrentado sayo había sido sujeto a una violencia atroz pero la piel de ella estaba inmaculada de golpes o heridas, blanca, casi traslúcida donde la suciedad no la había mancillado. Un viejo comerciante en barriles imaginó su mano en la blanca carne, apretando fuerte hasta hacerla gritar, a un niño, en puntillas para mirar mejor, solo le recordó el seno materno y sintió hambre. La condenada tenía los ojos entrecerrados, tanto tiempo en la penumbra de la celda cobraban ahora su precio…

…En las mazmorras del Alcázar había oscuridad y frío, acentuando mucho más la impresión de desnudez y desamparo. Los monjes examinadores continuaban la letanía de preguntas mientras el verdugo, en un rincón, inspeccionaba indolente y aburrido sus uñas, maldiciendo mentalmente la tontería de requerirlo para hacer confesar a un reo que no negaba nada y declaraba todo sin necesidad de tan siquiera, torcerle un dedo. Además, no le gustaban aquel tipo de prisioneros, se decía que aquella era una alimaña peligrosa, contaminante.

 -¿… confiesas entonces que has jurado pacto con Satanás, haciendo dejación de tu alma a cambio de los poderes de la magia?

 -Sí, lo confieso- su voz era átona.

 Dos tonsurados Capuchinos estaban sentados en sendos bancos con escabel ante una mesa alta en cuyo frente, podían verse marcas de longevas salpicaduras, sangre y otros fluidos, huellas de pasados interrogatorios; el viejo inquiría mientras el joven, fungiendo como Escribano Forense, arañaba el pliego de papel con sucia pluma de ganso.

 -¿Confiesas así mismo que mediante ponzoñas y conjuros haz acaecido el mal a gentes, animales de granja y tierras de labranza, todo a pedido de Satanás y para gloria del Maldito?

 -Sí, maldito seas tú también, termina ya con tu estúpida letanía.

 -Este escrutinio requiere además, el examen legal de marcas o señales corporales que den fe del satánico arreglo y así proveer crédito por escrito. Me dicen que el Maligno ha dejado en ti su marca la noche del lúgubre concierto entre ambos… ¡Mostradlo ahora!

 La hereje no se movió, miró las cadenas que la ataban y rió por lo bajo con un sonido gutural, salido de lo profundo del pecho, ante el estúpido requerimiento.

 El Procurador Fiscal levanto la vista hasta el verdugo y este cobrando vida inmediatamente, se aproximó a la desdichada deslizándole el sayo hasta la cintura. Lo hizo con lentitud equívoca: ¿miedo o lascivia? Luego, levanto un dedo algo tembloroso, señalando el oscuro lunar en forma de ave con alas abiertas bajo el seno izquierdo. Al parecer era miedo.

 El prelado entrecerró los ojos miopes para ver mejor y el verdugo, sin mediar palabras tomo uno de los cirios de la mesa, lo acerco al cuerpo semidesnudo y levantó con un gesto de asco el espléndido seno  para mayor comodidad en el escrutinio del interrogador y para envidia del escribano.

 La acusada dejó hacer como a quien ya no le importan las cosas de este mundo, solo escupió sobre la mesa y lanzó un terno sin elevar la voz.

 -Así mismo- continuó el prelado haciendo caso omiso del gesto – ¿confiesas que para ti no hay amor más inmenso que el que profesas a Satanás y así mismo reniegas del amor a Dios, a su Hijo, Jesús el Cristo y a la Santísima Virgen?

 Aquí, la bruja levantó la cabeza y miro firmemente a su interrogador. No, su amor, total y dolorosamente intenso no era para el Arcángel caído, pensó, mucho menos para un Dios cruel y vengativo como el que le trataban de imponer ¿Quién era aquel papanatas para examinarla en materia de amores? Si había aprendido conjuros, hecho pócimas y participado en aquelarres terribles no fue para hacer daño ciegamente ni mucho menos para besar el trasero de una figura con apariencia de macho cabrío.

 Ella solo quería a su amado de vuelta, tornar a ver su sol, apagado allá en la tumba. Ella había buscado en prohibidos libros y prácticas innombrables, cómo devolver el aliento a su amado, quería de vuelta el calor de sus caricias, la jugosa y dulce lengua en su seno,  su sexo caliente y vigoroso dentro de ella.

 -No desmayes amor, te buscaré y estaremos juntos para siempre- dijo su amado en el lecho antes de dar el último aliento.

 -Si no vienes, yo te traeré de vuelta, si fracaso, te seguiré y si…- pero el amante se había ido ya con un beso que más parecía un suspiro. Y ella esperó, pero el tiempo paso lento y él no venía, entonces, desesperada, decidió ir en su busca incluso al precio de su propia alma.

 Sin embargo, de nada le valieron pócimas ni hechizos, constató con amargura que no hay artificio capaz de reanimar la carne muerta y por fin se enfrentaba a la dura realidad del fracaso porque sus maestros en el arte oscuro eran tanto o más farsantes que aquellos estúpidos que ahora la condenaban.

 La mala suerte tuvo su esplendor cuando en el preciso momento en que, loca de desesperación levantaba la oscura daga para dirigirla al corazón adolorido, cinco familiares del Santo Oficio y un alguacil irrumpieron en la casucha del bosque donde vivía y sujetaron la mano homicida, previniéndola de consumar su propia liberación.

 -Por mi mano o por la ajena, no importa, morir es lo que quiero- les dijo con fláccida resignación….

 

….Los redobles de tambor, que sonaron como estampida de toros, la trajeron de vuelta al presente, la gente seguía ahora los movimientos de los clérigos de alto rango en el estrado, allí uno de ellos se preparaba para leer los cargos que finalmente la pusieron en el poste de los suplicios.

-Amado mío- murmuró ella.

Pasó así el tiempo entre ceremoniosos protocolos y rezos, luego procedieron a la quema en efigie de otro pecador, que tuvo el mal gusto de morir antes de terminado el proceso, sus huesos y figura en papel fueron envueltos por el fuego en una pira menor a su lado y la gente solo murmuró, persignándose. Por fin tocaba su turno, colofón del grotesco ceremonial.

Para la apóstata, la lectura de todas las acusaciones eran solo murmullo de moscas en su oído, su mente estaba centrada en recordar los mejores momentos pasados con su amado y regodearse en la emoción de su proximo reencuentro. Se concentró tanto que su mente voló como las palomas de la plaza hasta el río cuya orilla fue testigo también de sus amorosos intercambios.

Se percató de que estaban a punto de consumar el martirio cuando vio a cuatro verdugos con antorchas aproximándose a la pira mientras el rector del Santo Oficio la conminaba al arrepentimiento, en alto el rico crucifijo, cuya pedrería incrustada devolvió por mil los rayos del moribundo sol.

-¿Te rrepientes?- preguntó por último El Cardenal pero ella solo alzó la cabeza, su mente lejos de allí.

Todos los presentes estaban ansiosos por oír los gemidos y se obligaron a un silencio total, pero quedaron defraudados.

Cuando las llamas llegaron al sayo de la miserable, la brea que lo impregnaba hizo que estas envolvieran el cuerpo instantáneamente, haciéndola desaparecer en una antorcha gigante; muchos se persignaron horrorizados de la voracidad inusual del fuego pero más espantosa aun fue  la carcajada llena de alegría y éxtasis que salió del centro mismo de las llamas. A continuación, un humo negro envolvió el cadalso ocultándolo totalmente de la vista y el Cardenal juró mentalmente un castigo ejemplar para los mozos leñadores por incumplir su orden.

Todos entonces dieron un paso atrás cuando vieron, inequívocamente, a un pájaro negro salir volando de entre el humo e ir a posarse junto al enorme cuervo, sobre el busto de mármol. Ambos pájaros entonces se volvieron hacia la multitud, graznaron con un gesto que parecía burla y juntos se lanzaron al cielo, perdiéndose lentamente en la noche que ya despojaba de luz a la esplendorosa ciudad de Toledo.

JB

 

20 de Agosto del 2014

 

5 thoughts on “CITA EN LA HOGUERA

    1. quinbas@yahoo.com Post author

      No hay un motivo particular por el que escogí Toledo. Quizás porque una buena amiga en Twitter me dijo que es hermosa 😉

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