LA BARRACUDA Y EL GATO

LA BARRACUDA Y EL GATO

 

En mi tierra todos tenemos un amigo, tío o pariente que va periódicamente al encuentro del mar Caribe, sea playa, costa o malecón para lanzarle un pedacito de carnada y un gran trozo de esperanza ensartadas con laboriosidad y amor en el anzuelo.

Casi siempre van de noche y suman así al placer de la pita de pescar, las caricias de la brisa suave y salitrosa que refresca la pequeña isla después que el sol se va a despertar, con luz y calor, a las gentes del otro hemisferio.

Disfrutan la faena a plenitud y no importa si al llegar de madrugada a casa, cansados, con la cara áspera de sal y sudor, levantan sonrientes el marino trofeo o solamente tienen para ofrecer la historia de cuanto debía pesar el pez que mordió el señuelo, con cuanta beligerancia peleó y cuan cerca de la orilla estaba cuando el jodido nylon se partió.

Todos aman si no la pesca, al menos el pescado… todos menos mi amigo El Gunty . Se puede decir que es el único compatriota que repudiaría un pargo asado a la braza o una cola de langosta termidor. Muchas veces me olvidaba de su extraña aversión y cuando le contaba (para darle un poco de envidia) qué gran escabeche de pescado había comido la noche anterior, invariablemente ponía cara de desprecio y me lanzaba su rotunda frase: “Si es por mi, el mar se puede secar”.

Es uno de mis mejores amigos pero juro que lo odiaba en momentos como esos. Alfredo, mi otro mejor amigo era el polo opuesto.

Y nosotros pescábamos también. Nada de trebejos sofisticados o varas costosas, los pescadores de allá nos las arreglamos de maravillas con el carrete de madera, uno de los bordes siempre es mas bajo que el otro y en ángulo para dejar salir la línea cuando lanzábamos al agua plomada y anzuelo. Sin embargo, no éramos pescadores de orilla…  Alfredo y yo teníamos La Voluntaria.

Era una embarcación de madera, doce pies de largo, cuatro de ancho y la movía un motor Peter, inglés por más señas, que no había sido diseñado para labores marineras; aún así, el solitario pistón nunca nos defraudó y la carcasa de madera jamás hizo aguas más allá de la que pudiéramos sacar con nuestra bomba de achique: una lata vacía de puré de tomates. La Voluntaria era solo eso, nada de camarote o sentina, ni tan siquiera un baúl para los magros avíos, era simplicidad sublime, ingenuidad en su más pura noción.

Cierto sábado del Señor de 1985 salimos de la desembocadura del Río Almendárez, lugar de descanso de nuestra nave, nos apotalamos a unos quinientos metros de la desembocadura, apagamos el Peter, aprestamos nuestros avíos y lanzamos la carnada al agua. Miré mi reloj, las 8:30 de la mañana, aspiré el aire lleno de sal y yodo y me dispuse a esperar.

Mucho tiempo atrás, Alfredo y yo  habíamos renunciado a la nocturnidad.

De noche un bote en el mar es definitivamente aburrido e invariablemente terminábamos, yo  cabeceando de sueño y Alfredo frustrado por falta de audiencia para sus chistes pesados. Precisamente, ese aburrimiento le llevó cierta noche, a sacar mi anzuelo del agua mientras yo roncaba como un bendito, engancharle un contenedor de diesel vacío, dejarlo hundir hasta el fondo que estaba a unas 16 brazas luego y darle un tirón para simular el pez picando. Yo dí un brinco y medio dormido no reconocí que era un peso muerto.

Los reto a sacar del mar cinco galones de agua colgados de un nylon de 0.8 milímetros de diámetro a mano limpia. Tanto si lo logran como si fracasan y pierden un dedo, invariablemente se cagarán en Arquímedes y su estúpido “Tratado Sobre los Cuerpos Flotantes” como lo hice yo. Y así fue, no más noches en el mar pues no podía darle a Alfredo otra oportunidad a sus bufonadas ni a mi, el deseo de asesinarlo.

Pues bien, aquel día el único que sintió actividad en sus avíos fui yo, ¡y de que forma!, doce libras de un muy irritado pez parecieron aceptar como bueno el calamar de mi anzuelo.

Pues bien, aquel día el único que sintió actividad en sus avíos fui yo, ¡y de que forma!, doce libras de un muy irritado pez parecieron aceptar como bueno el calamar de mi anzuelo.

Luchamos denodadamente, mi oponente por no cambiar de hábitat y yo para tenerle en mi plato esa noche y les aseguro que ambos creíamos nuestros argumentos igualmente válidos. Alfredo me “animaba” con gritos y golpes en la espalda y yo rezaba en voz baja cuanta oración venia a mi memoria para salir de aquel bote con diez dedos en mis extremidades superiores.

Tengo la satisfacción de contar que fui yo quien defendió mejor sus derechos. Allí, a mis pies, estaba mi primera barracuda, doce libras de deliciosa furia, o al menos eso decían los pescadores sabios. Pero Alfredo me recordó un desagradable detalle. Esos mismos pescadores aseguran que algunas barracudas, en la plataforma norte de la isla, tienen la enojosa costumbre de estar ciguatas y que más de un cristiano había sufrido la enojosa experiencia de comerlas y perder cabellos, dientes y hasta en ocasiones la vida con una intoxicación de aquel tipo. Yo estaba en negación.

¿Cuales eran las posibilidades de que un microscópico dinoflagelado se hubiera adherido a un alga y que esa alga hubiera sido el desayuno de un pequeño pez, que este fuera almuerzo de mi presa y que yo a mi vez, al hacerla mi cena estuviera, para el desayuno, pelón y sin dientes?

Alfredo y yo nos miramos.

“Tranquilo, se pone un pedazo en un hormiguero y si las hormigas no se lo comen, está buena” dije para evitarle un infarto.

“Además, ¿viste cómo batalló? Un animal enfermo no tiene tanta vitalidad. Y hay otras formas de saber si está ciguata”

La mirada de mi amigo no me pareció nada cordial.

“¿Te acuerdas de los viejos del bote “Esperanza?”

Si, me acordaba, eran los pescadores mas experimentados de todo el muelle donde decenas amarrábamos nuestras lanchas. Eran incluso consultados por los mismísimos miembros del Departamento de Vida Marina de la Academia de Ciencias. Los viejos eran la Biblia de la fauna coralina

Pues estos personajes fueron cierta vez llevados de urgencia al Hospital, afectados por la más galopante ciguatera. No quedaron sin pelo o dientes porque la vejez se había encargado de dejarlos calvos y desdentados, sin embargo, estuvieron a punto de colgar sus avios de pesca en el Casillero Celestial.

Ambos miramos la barracuda, inerte ya, en el piso de la Voluntaria.

“Yo me las agencio para saber si está mala, tu límpiala y pártela a la mitad como siempre”.

Mientras me encaminaba a casa, empecé a enumerar mentalmente las leyendas populares: si hormigas o moscas ignoran el trozo dejado a su alcance, el test es positivo, las agallas deben ser bien rojas, no macilentas y descoloridas, a esto suma el que las escamas de los peces enfermos se desprenden con facilidad, poner una moneda de plata sobre la piel del animal después de escamado. Si la moneda se pone negra es un No-No. Y por ultimo, otros dan una porción al gato callejero ese que los despierta con sus nocturnas correrías sexuales, si el Casanova enferma, voila! Barracuda al tacho de la basura, cambiar el menú, comer sin espanto y como consuelo adicional, dormir noches silenciosas.

¡Ah! Para qué engañarme. Si los viejos del “Esperanza” casi entregan el alma por causa de un pescado enciguatado, ¿cómo demonios iba yo, que me mareaba con solo sentarme en el muelle y ver las barcas subir y bajar con la marea, a diagnosticar mejor que ellos la salud de una barracuda. Esa noche llamé a Alfredo.

“Freddy, ¿ustedes tienen de casualidad un gato en la casa?”

El silencio al final de la línea gritaba horrores. No, definitivamente no le gusto mi chiste, aunque en el fondo yo esperaba que lo hubiera tomado en serio y sacrificara graciosamente a Mister Bean, su minino hibrido de birmano y sato, en aras de la ciencia culinaria.

“Olvídalo” Dije, sabiendo que ni siquiera había considerado la opción y colgué. Mi madre estaba ante mi extendiendo una de sus mejores cazuelas.

“Hijo, pregúntale a María si quiere lo que quedó del potaje de ayer”

Y cuando me dirigía al patio:

“Y dile que quiero de vuelta la cazuela hoy”

María Bustillo era nuestra vecina del fondo, soltera y con ocho hijos que iban desde los 12 a los 27 años (El mayor de ellos, que había fallecido en la cárcel a los 30, no va en esa cuenta), ella idolatraba a mi madre por aquellos auxilios alimenticios.

Luchando por criar ocho hijos con un salario muy bajo y ausente casi todo el día para mantenerlos, sus retoños habían crecido prácticamente en la calle y no precisamente bajo un patrón notable de conducta, Temían solo a su madre y el resto del mundo era presa legítima para ellos, eran por tal temidos y nadie se atrevía a cruzarse en el camino de los Bustillo, ni siquiera en del flaco y desnutrido Pedrito, el más chico.

Pero mi casa y sus habitantes estaban fuera del área de influencia de sus bribonadas. Por muy locos que fueran, y por mucho que robaran y asaltaran, su demencia no llegaba al punto de cerrar su segunda fuente de subsistencia.

“¡María!” Grité, apoyando en el muro del fondo del patio, la cazuela llena a medias con garbanzos, pero no fue Maria quien vino a mi encuentro.

“¿Qué hay?” Me dijo mientras avanzaba por el pasillo lateral de la casa, con ojos solo para la cazuela, y yo casi podía ver a través de los cachetes flacos sus glándulas salivales inundándole la boca. Era Franquito, el de 27 y contemporáneo conmigo.

Y allí fue cuando un torrente de luz se abrió paso en la oscuridad pesimista de mis pensamientos. “E-u-r-e-k-a” Pensé en voz baja.

“¡Franqui! ¿Cómo anda la calle? Le pregunté.

Hizo un mohín de desagrado y descartó la pregunta con un gesto de la mano.

“Mala, mala. ¿Qué tenemos aquí?” dijo con la casuela ya en la mano. Vi un par de cabezas asomarse a la puerta lateral, debía actuar rápido.

“Franqui, espera, te voy a dar también un pedazo de pescado fresco, lo pesqué hoy mismo, pero no te entusiasmes mucho, es barracuda y será un pedazo pequeño”. Debía evitar que un pedazo grande lo indujera a compartirla, aunque sabia que la dadivosidad no era su fuerte.

El gesto de retirada se congeló y esperé el rechazo inmediato, pero los ojos de Franquito brillaron llenos de gula y juro que escuché su estómago bramar.

Cuando alcance el teléfono, ya podía sentir el olor del pescado, friéndose en aceite y sentí otro latigazo de culpabilidad. Le conté a Alfredo.

“¿Pero acaso estás loco?” Yo ignoré la pregunta e hice una a mi vez.

“¿Tu sabes cuanto tardaremos en saber?”

“¿Qué se yo? Con los viejos del Esperanza fue instantáneo, de la mesa a la ambulancia”

Una pausa y luego dijo para alivio de mi conciencia:

“Bueno, tú le advertiste, si no lo sabía no es culpa tuya”. Con eso sentí casi limpia el alma. “Gracias Alfredo” pensé para mí, esta vez en voz muy alta.

Hubo otra pausa y al final, Alfredo volvió a preguntar:

“¿Cómo carajo se te ocurrió?”

“Me acordé que a Franqui también le llaman El Gato… pero no le vayas a llamar así si no quieres una puñalada en la espalda, nunca le gusto el mote”

 

5 de Julio del 2014

 

NOTA

Lamentablemente, el largo de este post se me fue un poco de las manos. No podía imaginar que una historia que he contado mil veces bastando pocos minutos, se alargara tanto al escribirlo.

Yo valoro mucho mi tiempo y por tanto, trataré de no abusar del suyo. Diez minutos para leer esta tontería lo gasta cualquiera esperando el bus, en la sala de espera del doctor o sentado en la taza del baño.

Prometo hacer esto más corto, sin sacrificar tamaño y calidad (que de natural ya no es mucha) y dividiré el post en dos partes si es extremadamente necesario. No es mi interés que pierdan el bus, que puedan oír cuando lo llamen para chequearle ese dolor de barriga y no pierda el turno o que se le acalambre el trasero mientras desecha la cena de la noche anterior. Gracias

7 thoughts on “LA BARRACUDA Y EL GATO

  1. Susette

    Que bien Juaquín! Enhorabuena por esta decisión de compartir tus talentos 😉
    Ya me registraré para seguirte, ahora estoy trabajando, pero luego me leeré el post que seguro que está muy bien!! besos

    1. quinbas@yahoo.com Post author

      Claro mi niña y por favor dame tu honesta opinion cuando lo leas… sin compasion 😉

  2. OroZco

    Pago lo que sea por ver la cara que pusistes cuándo sacastes el contenedor de diésel lleno de agua en vez de un pez. Ja! Buena broma! Me gustó mucho, sigue escribiendo!

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