QUERIDOS FANTASMAS

 

Recuerdo vívidamente y con ternura la figura pequeña y encorvada de mi abuela materna caminando por el pasillo del antiguo casón del Cerro.

La veía deteniéndose ante el retrato de su esposo difunto, sustituir el girasol muerto en el búcaro frente al cuadro por otro fresco y seguir hacia la cocina al fondo de la casa, no sin antes santiguarse con mano rápida. Yo al verla haciendo el gesto, la imaginaba despojando de telarañas cara, pecho y hombros.

Mi abuelo fue siempre un enigma para mí, no llegué a conocerlo pues murió cuando mi madre era solo una niña, de modo que yo acostumbraba a hacerle una pregunta cruel pero inocente a mi abuela Lolita.

“¿Abuela, por que mi abuelo se me fue?”

Y ella siempre contestaba:

“Para protegerte desde el cielo”

Yo imaginaba que quizás desde allá arriba, el abuelo ausente tendría una perspectiva mejor para esa tarea pero al mismo tiempo no le veía mucha lógica pues presentía que estando tan arriba, le sería difícil atajar a un carro que pudiera atropellarme o atraparme si yo caía desde un balcón.

¿Pero saben qué? Aun así y seguro de su protección, hacia entonces travesuras extremas, pues mi concepto de estar seguro no iba más allá de evitarme el cintazo en las nalgas. Y la verdad es que el abuelo pocas veces me falló.

Ahora bien, no se asusten, mi abuela hablaba con los muertos.

La ingenuidad de mis cinco años me hacía ver aquella habilidad sin asombro y aceptaba sin pestañar a todos los que venían y usaban su clarividencia para aclarar pasados conflictos o acallar viejos remordimientos con los seres queridos allá en la fosa. Yo, no más correteaba feliz con fantasías de caballero andante y siempre mirando con envidia la brillante espada de la Santa Bárbara, que mi abuela mimaba con frutas y caramelos en el altar de la saleta junto al comedor.

El trasiego de los que venían a consultarse con abuela, no afectaba mis juegos y ella a su vez me ignoraba en esos momentos, llenando con parsimonia un vaso con agua, prendiendo la ya menguada vela en el candelabro de plata y luego sumergiendo un rosario en el vaso, todo ello preámbulo necesario para establecer el enlace entre la fisgona doliente y el muerto sin esperanza.

Pero déjenme hablarles del altar en la saleta.

Mi difunto abuelo, cuya profesión era decorar altares en Iglesias, había aderezado allí para mi abuela, el más primoroso de ellos y no exagero si digo que podía ser la envidia de cualquier altar de catedral o iglesia, si no en tamaño al menos en composición y riqueza de exquisitos detalles. Dos figuras cuyo tamaño era dos tercios del natural la presidían: La Virgen de la Caridad y Santa Bárbara. Esta ultima, dueña de toda mi admiración, con una cáliz en la diestra y una realísima espada en la siniestra (¿sería zurda?), el conjunto lo remataba una pequeña torre en perspectiva de lejanía.

Santa Bárbara es la patrona de los artilleros, que en tiempos antiguos le rezaban para que el polvorín no explotara por error y los pusiera en órbita celestial. Curiosamente, abuela Lolita no era artillero ni tenia un polvorín en la casa del Cerro pero igual, la adoraba.

Una somnolienta y aburrida tarde, en uno de esos momentos locos que todo niño experimenta más de una vez, decidí aventurarme e ignorar las amenazas de paliza. Lo decidí entre una meada y el engullir a toda prisa unas golosinas de ofrenda robadas del altar. Era ya más fuerte que toda amenaza, el deseo de tomar en mis manos la prohibida espada de la Santa, pero primero tenía que estar seguro de que abuela estaba sobradamente ocupada para que el suceso quedara desconocido y por tanto, yo, libre de coscorrón o sopapo.

La sala, comedor y saleta (y altar) eran míos, la cocina, sin ruidos de potes o cacerolas, las puertas del baño y primer cuarto abiertas y a oscuras. El cuarto de mi abuela, ¡con ella adentro!, silencioso y cerrado. “¡Que diantres!”, me dije, ahora o nunca;  fui ante la Santa me persigne, como veía hacerlo a Lolita, por si las moscas y tome prestada su espada. ¡La experiencia era irreal!, Allí, entre mis dedos, estaba el puño del acero. ¡Me sentía en la gloria!

Bendije por primera vez la peninsular costumbre de la siesta y no recuerdo cuanto tiempo estuve sosteniendo el arma blanca, dando locos mandobles y luego limpiando del filo romo la sangre de imaginarios enemigos.

Pero algo me dijo que por ese día, el exceso de temeridad era suficiente. Coloqué de mala gana el arma en la estatua y fui a comprobar con el oído en la fría madera si mi abuela seguía durmiendo. Extrañado, escuche un murmullo, ¿estaría rezando? Abrí la puerta y la vi de espaldas, meciéndose blandamente en el sillón al lado de la cama. Murmullo y balanceo cesaron cuando pregunte con la voz más inocente del mundo: “Abuelita, ¿qué haces?”

Un suspiro y luego: “Aquí, hablando con tu abuelo”.

Cientos de veces viéndole susurrar a sus clientes los mensajes de sus muertos, no me impidieron preguntar un tanto inquieto: “¿Con el abuelo?” Y mire al techo, buscando no sé qué.

“Déjame estar mi niño y sigue jugando” Dijo ella con voz cansada… ¿o era tristeza?

Me encogí de hombros y ya cerraba la puerta, sonriente y orgulloso de mi travesura impune cuando la viejita en el sillón, aun de espaldas, hablo con tono severo y el dedo enjuto en ristre:

 

“Y dice tu abuelo que no cojas más la puñetera espada que te vas a hacer daño”

Santa Barbara

 

8 thoughts on “QUERIDOS FANTASMAS

  1. Vivian

    Ay, como extrañó esa Cuba nuestra con esas casas españolas de pasillos largos y soleados y techos de dos aguas, leyendo esto pude visualizar otra vez mi niñez en casa de mis abuelos. Muy bueno, espero que hayan más pronto.

    1. quinbas@yahoo.com Post author

      Nostalgia es un buen sentimiento cuando se tiene unida al cariño y los buenos recuerdos. Gracias!

  2. Susetteem

    Muy chulo, la verdad es que trasmite bastante bien la imagen de Cuba…se puede respirar aire cubano mientras lo lees

  3. juan carlos vifil escalera

    Me gusta mucho tu blog, dale pa’lante que siempre has sido excelente escribiendo.
    Un abrazo, el flaco

  4. juanca

    ¡Me parece estar allí…!
    Lo que mis recuerdos de Lolita están muy unidos a la vieja y Adolfina. Pero no deja de impresionarme el realismo de tu escrito.

  5. Guillermo

    Mi herma esa espada fue la causante de unos buenos alones de orejas por parte de la vieja,la cuestion es que me gustaba tanto q no en pocas ocaciones lograba hurtarla,claro q la apropiacion indevida duraba poco ya q la vieja me hacia regresarla con mis devidas disculpas y un “no lo voy a hacer mas”

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