UN BESO BAJO LA LUNA

Salimos del cine y le miro nuevamente el perfil. Aunque ha perdido ya el misterioso encanto del trasluz de las marionetas chinas allá en la oscuridad, su silueta sigue gritando al cielo cuán bella es.

Es nuestra primera cita y es perfecta. No importa si no tuve el valor de al menos rozar su mano en la oscuridad, soy feliz, si la felicidad se irradiara como el calor, muchos a mi alrededor estarían calcinados. Estamos parados en la acera sin darnos cuenta que interrumpimos el flujo de gente que sale del cine en esta última tanda pero no nos tocan.

-¿Quieres comer algo?- pregunto

–¿Tienes hambre?- respondes con una pregunta.

Tengo ganas de decirte “ quizás hambre de estar a tu lado” pero me limito a un simple encoger de hombros y entonces ignoramos la pizzería, el lugar de los helados multicolores y un puesto ambulante de fiambres; me digo tonto y seguimos caminando.

El bullicio de la avenida hecha al sábado nocturnal ha cambiado. Por la calle se ve ahora otro tipo de gente, niños y viejos están por ir a la cama. Estos de ahora van en busca de aventuras menos insulsas que una noche de cine. Una chica de ropa muy apretada, y maquillaje excesivo pasa por mi lado, nos mira con picardía y me lanza su sonrisa magenta que le hace juego con las uñas. Cuatro jovenzuelos bajan la voz cuando se cruzan en nuestro camino, huelen fuerte a flores, canela, almizcle y cítricos y al rebasarnos, lanzan risitas agudas y gestos amanerados con desinhibido reto. Ella me mira cómplice y sonríe cubriéndose los labios.

Caminamos calle abajo, contra esa corriente viva que se hace dueña del sábado y deduzco que al menos en eso de buscar menos compañía coincidimos. Doblamos en la esquina y la pequeña cuadra solo muestra negocios de venta de flores, cerrados.

-Disculpa- dice ella

-¿Por qué “disculpa? “

-Por ser tan aburrida.

Arrimada a una vieja cesta de mimbre en el portal de una de las florerías veo una flor olvidada, aun fresca. Me separo de un brinco, la tomo de la oscura y desvencijada tarima y se la ofrezco.

-Todo lo contrario, la he pasado tan bien que mereces un premio- digo extrañado de mi propia reacción.

-¡Un crisantemo blanco!- su voz tiene un entusiasmo que le hace dar un vuelco a mi corazón.

-¿Sabes que significa regalar crisantemos blancos?- Pregunta ella y el triunfo que sentí por mi gesto anterior se esfuma inmediatamente, mi cara debe explicar inequívocamente ignorancia porque no espera respuesta y se lanza con entusiasmo:

-Cuando regalas un crisantemo blanco, estas pidiendo la verdad, exiges candor y honestidad, si fuera rojo, estarías proponiendo comenzar una nueva relación. Y si la persona desea declinar gentilmente esos avances entonces da de vuelta un crisantemo amarillo.

Solo se me ocurre poner cara de curioso interés y ella entiende mi silenciosa palabra.

La belleza de su sonrisa me hace contener el aliento.

-Regalar flores es una acción que antiguamente requería el conocer su significado, era como un lenguaje con reglas y normas.

Si, definitivamente eso lo voy a inscribir en mi cerebro con un hierro caliente

–En pueblos del medio oriente los crisantemos se relacionaban con el chacra del corazón, y otros…- baja los ojos –lo identifican con la muerte.

-Peligroso regalar flores para ignorantes como yo.

Ríe levantando la barbilla, la luna baña el bello rostro que parece porcelana y yo aprovecho el momento para atajar secretamente una gota de sudor que baja por mi sien.

Llegamos a la esquina, toma mi mano como se hace con la de un niño para cruzar la calle y se lanza conmigo al asfalto. “Dios mío”, pienso, ¿Por qué no hacen avenidas más anchas, de cuarenta sendas, interminables?”

Aunque la calle esta desierta de carros, corremos tan fuerte que casi tropezamos con el muro en la acera opuesta, suelta mi mano y siento como si me soltara la vida y esta cayera al suelo.

Sus dedos rozan el interminable, majestuoso e imponente muro amarillo mientras caminamos, yo hago acopio de valor y tomo otra vez su mano, la libre, y ella no rechaza el gesto. Esto pinta bien porque en esta acera no hay gente ni paradas de ómnibus, ni vendutas trasnochadas. No junto al muro del cementerio

-Que tontos son los hombres, construir un muro tan grande para guardar un cementerio- comento- ¿quizás tenga miedo de que escapen los muertos?

-¿Qué tal si lo hacen para ocultarlos de la vista? Es triste la muerte.

Lo dice con abatimiento y la luz se apaga un poco en ella.

Hablamos por un rato, yo, tratando de parecer interesante diciendo cosas que me parecen trascendentes, finalmente pregunto:

-¿Podemos vernos mañana?

-¿Te estas despidiendo?- Sonríe, yo niego con la cabeza y levanto la vista para mirar el portón monumental, el mármol de las estatuas en el tope refleja la luz de la luna, ella ve el gesto y comenta.

-¿Sabías que el que lo diseño fue su primer inquilino?

-¡Vaya! Un honor que yo no envidiaría, ¿Cómo sabes tanto de este lugar?

Su cara muestra sobresalto, como si la hubiera cogido en falta pero se recompone.

-Cuando vivía cerca de aquí, solía venir a estudiar en tiempo de exámenes. Nada más tranquilo y lleno de paz.

-¿Algún lugar en específico?- mi interés es verdadero. Se encoje de hombros

-Al principio buscaba el panteón de mi familia, modesto pero bien cuidado, con dos bancos de granito en la entrada y bajo la sombra de un viejo ficus baniano. Las raíces aéreas colgaban por todos lados alrededor del pequeño panteón y recuerdo como si hubiera sido ayer, que durante el sepelio de mi abuelita, mi madre me requirió cuando yo jugaba balanceándome de un manojo de ellas, ajena al drama de la muerte. Ya después escogía cualquier lugar donde hubiera una estatua bella. Son maravillosas casi todas.

Llegamos a un punto en el que el muro se interrumpe, dando paso a una enorme reja, una salida secundaria por donde los carros fúnebres salían como a hurtadillas, después de desertar de su macabra carga. Esta entreabierta.

A cien metros, frente a nosotros, vemos un bullicioso grupo de jóvenes que vienen en nuestra dirección, no nos han notado aun, blasfeman en voz alta y un par de ellos alzan a intervalos una botella de licor. Están borrachos, yo miro a todos lados y comienzo a hacer el gesto de alcanzar la acera opuesta.

Ella, sin darme tiempo tan siquiera a negar con la cabeza, aprieta aún más mi mano y nos lanza hacia adentro del monumental camposanto. El aroma a flores golpea mi nariz y hace más irreal la osadía de nuestra acción. Ya después me doy cuenta que el olor a flores esta mezclado con otro más ominoso pero no quiero pensar en ello.
Caminamos en silencio, tengo miedo de decirle que tengo miedo, ella como adivinándolo dice:

-Este lugar es más seguro que las calles de la ciudad. Ven, te enseño un par de cosas interesantes.

Señala una tumba de mármol negro, asemeja una ficha de dominó, un doble tres específicamente.

-La señora que yace aquí jugaba un importante partido, solo le quedaba en la mano el doble tres y según su cuenta ganaría con esa ficha. Pero su lectura del tablero no fue tan exacta; uno de los jugadores cerró el juego con un movimiento inesperado y aquello fue tan frustrante para ella que la pobre mujer murió allí mismo de un infarto.

La miro con asombro y ella no me deja preguntarle cómo diablos conoce esos detalles.

-Parte de mi tesis final de historia la hice acerca de esta necrópolis, no te imaginas los secretos que encierra.

El tragicómico relato baja mi aprehensión y desinhibe mi ánimo por completo. La miro con atrevimiento y veo estremecido como la luz de la luna juega con su pelo y hace resaltar el níveo cuello, una piel hecha para ser acariciada con los labios.

-Aquí, en este mausoleo monumental, enterrado de pie yace un hombre con mucha suerte, fue asesino connotado, reo de por vida, amor de la hija de un presidente que lo indultó y hasta llegó a ser figura política…- se detiene -No me estas prestando atención- sonríe y me enfrenta con un gracioso gesto, el ceño fruncido.

-¿Que te hace pensar eso? Te escucho y no salgo de mi asombro pero ardo en ver el panteón familiar donde estudiabas.

Caminamos por callejuelas marcadas con letras y números, el horizonte lleno de cruces y figuras, híbridas de humanos y quimeras aladas cinceladas en piedra. Me pregunto si este es un buen momento para besarla. Nuestras manos siguen juntas y sigo dándome valor.

-Es aquí- y señala un coqueto y diminuto panteón de piedra caliza, defectos de caracoles imbuidos en la estructura les da un toque singular, austero. Dos bancos dan la bienvenida ante la puerta hecha de herrería antigua y vitrales coloridos. La luna acaricia los cristales emplomados dándoles un tinte que es de otro mundo.

Nos sentamos en uno de los bancos. El silencio entre ambos no es embarazoso, es más, quisiera que durara una eternidad.

-Pasó un ángel- dice ella y me mira a los ojos.

Yo alzo estúpidamente mi cara al cielo sin nubes, buscando un alado querubín y ella sonríe y recita:

-”Cuentan que cuando un silencio
Aparecía entre dos
Era que pasaba un Ángel
Que les robaba la voz
Y hubo tal silencio el día
Que les tocaba olvidar
Que de tal suerte yo todavía
No termine de callar…”

El recuerdo de la canción, una de mis favoritas, llena de ternura mi corazón.

Por fin me levanto del banco y la arrastro conmigo, contra mi pecho y ella deja hacer, como vislumbrando que este primer beso no puede darse en la incomodidad de un frio banco de granito. Nuestras bocas se unen y nos envuelven entonces ríos de fuego manso, eléctrica conmoción, gesto atascado en el tiempo, espuma de colibríes revoloteando en el estómago. Hecatombe suave del alma.

-¡Eh! ¡Usted!, ¿Qué payasada es esa?

Abro los ojos y algo está mal, lo presiento inmediatamente: El coqueto panteón está allí así como los bancos y el baniano de raíces en desordenada cabellera, pero hay algo más que yo no había visto antes. Una estatua de blanquísimo mármol, figura de mujer con alas, ángel de piedra traída desde Carrara, mis brazos, uno alrededor del talle, el otro abrazando la espalda, mis labios en los de ella. Grito mi asombro a la luna.

-Llama a la policía Manuel- le dice un vigilante al otro

-Diles que hay uno aquí que está loco o borracho, besando estatuas.

J.B.

09/08/2014A

8 thoughts on “UN BESO BAJO LA LUNA

    1. quinbas@yahoo.com Post author

      Oh! Espero su abogado no sea de esos que cobran un montón la hora, me sentiría mucho mas en deuda con usted por tan lido comentario.

  1. Vivían

    Hermoso, me recordó mis paseos por el cementerio de Colon, con toda su historia y sus leyendas de amor y muerte, me sorprendió el final y me hizo recordar también esa hermosa canción que canta Ana Belén, “La Cibeles”

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